ILa visita de Saac Herzog a Australia no fue un compromiso diplomático de rutina. Fue una prueba ética y política del Estado australiano. En el momento en que se extendió la alfombra roja para un hombre acusado de incitar al genocidio, ciudadanos australianos pacíficos fueron recibidos con porras mientras ejercían su derecho democrático a protestar.
Para mí, este nunca fue un debate político abstracto. Antes de la visita, tomé acciones legales para proteger a los ciudadanos y presenté una queja formal ante el gobierno australiano sobre el papel de Herzog en la retórica y las políticas que contribuyeron a la destrucción de mi familia en Gaza. Siete de mis familiares fueron asesinados. Mi padre murió por falta de medicinas, alimentos y agua. También fueron asesinados mi hermano, su esposa, sus cuatro hijos y su padre. Sus cuerpos permanecen enterrados bajo los escombros. A pesar de la gravedad de esta denuncia, no he recibido respuesta del gobierno.
Más tarde participé en una manifestación de protesta en Sydney convocada específicamente contra la visita de Herzog. Lo hice pacíficamente. Sin embargo, fui testigo de cómo se enfrentaba a otros manifestantes con porras y fuerza excesiva. Mis preocupaciones fueron ignoradas cuando apelé y mis derechos no fueron respetados cuando recurrí a una protesta legal. La impresión era clara: el Estado estaba más preocupado por silenciar las opiniones disidentes que por abordarlas.
¿Hasta qué punto se está faltando el respeto al ciudadano australiano?
Esta cuestión es particularmente urgente porque Australia no es un Estado sin obligaciones. Ratificó la Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio en 1949, una piedra angular del derecho internacional de posguerra que transformó la prevención del genocidio de un derecho moral a una obligación jurídica vinculante. La Convención exige que los Estados actúen con la debida diligencia para prevenir, incitar o alentar el genocidio y abstenerse de conferir legitimidad política o diplomática a quienes sean acusados creíblemente de incitarlo. La violación de estas obligaciones no sólo invita a la crítica; socava el reclamo de Australia de defender los derechos humanos y el estado de derecho.
Cuando se ignora la denuncia de un ciudadano que se ve perjudicado directamente por estas medidas y luego se enfrenta a la violencia cuando protesta pacíficamente, el mensaje es preocupante. La verdad se vuelve incómoda y los desacuerdos legítimos se tratan como amenazas.
Lo que hemos visto sugiere un alejamiento peligroso de los valores que Australia ha afirmado valorar durante mucho tiempo: la libertad de expresión, el Estado de derecho y la responsabilidad democrática. Cuando se prioriza proteger el poder sobre proteger a los ciudadanos, la democracia comienza a erosionarse desde adentro.
La decisión de admitir a una persona acusada de incitar al genocidio fue un grave error político y moral. La represión de manifestantes pacíficos no puede descartarse como un mero error de cálculo de seguridad; Señala una crisis más profunda en la forma en que el Estado entiende su responsabilidad hacia su propio pueblo.
Australia se encuentra ahora en una encrucijada. Puede ser un país que brinda un trato de alfombra roja a personas sospechosas de delitos graves, o un país que protege el derecho de sus ciudadanos a protestar, aboga por la justicia y cumple con sus obligaciones internacionales.
La pregunta que debería plantearse al público es, por tanto, inevitable: ¿alfombra roja para Herzog, bastones para los australianos?